Bergamo es fascinante, pero ahora toca ir a la montaña (día 2)

Aterrizamos ayer a última hora de la tarde y tras ir al hotel y dejar nuestras pertenencias, nos fuimos al centro de Bérgamo, que nos esperaba con un tenue crepúsculo.

La citta alta de Bergamo es uno de los rincones con más encanto que he tenido el placer de visitar. Callejuelas empedradas, casas en tonos tierra, patios ajardinados y la preciosa Piazza Vecchia, con su fuente central y el campanario. Es un sitio en el que se respira aroma a Italia y en donde los arquitectos y artistas clásicos transalpinos volcaron toda su creatividad y enseñanzas. Dejaron como legado un conjunto armónico y muy romántico; lugar de obligada visita con la pareja.

El plato típico en Bérgamo es la “polenta”, que es una especie de masa de harina de maíz a la que se le añaden condimentos a elección del comensal. Javier la eligió con salami bergamasco, Marcos con ragú de Jabalí y en mi caso con ragú de ciervo. Y justo en ese instante, sucedió una de esas cosas que hacen que la vida sea especial y que consideremos al planeta como a un pañuelo. Mientras cenábamos, me respondió mi amiga María José a la pregunta que yo le había formulado horas antes al ver una publicación en redes sociales en la cual aparecía una bandera de Italia. Le había preguntado: “¿A dónde viajas?” y ella me respondió con un escueto “estoy en Bérgamo” Yo le repliqué “¡me tomas el pelo!” y le mandé mi ubicación. Ella duplicó segundos después con su posición: ¡¡600 metros nos separaban!! Ante semejante casualidad me acerqué al restaurante en el que estaba cenando y nos hicimos la foto de rigor: ese momentazo había que inmortalizarlo aunque hay que decir que como los dos somos unos viajeros empedernidos, este encuentro iba a suceder tarde o temprano en algún rincón del mundo.

Esta mañana hemos salido temprano desde Bérgamo porque teníamos por delante un viaje de más de 3 horas, pasando por Milán y Aosta. En Aosta nos hemos detenido a descansar y nos hemos topado con una concentración de coches clásicos. La ciudad en sí nos ha decepcionado y ni siquiera tenía tiendas de montaña.

Después hemos proseguido el viaje adentrándonos por el angosto valle de Valsaverenche, que va a ser nuestro hogar durante los próximos 4 días.

Al llegar a Pont, hemos sacado todo el material de las maletas y nos hemos organizado para subir todo lo necesario hasta el refugio Vittorio Emanuele, que dista unas dos horas de caminata desde el lugar en el que hemos estacionado el coche de alquiler.

La caminata de 4 a 6 de la tarde ha sido un poco dura por el calor, por los 700 metros de desnivel y por la carga de la mochila, cargada con abundantes líquidos, el saco de dormir y todo el material técnico. Por lo menos, la alegre conversación y la trillada senda la han hecho muy llevadera.

El refugio Vittorio Emanuele es enorme y cuando hemos llegado había mucho trajín de montañeros en la terraza del mismo. Su bóveda metálica lo hace inconfundible y su interior forrado en madera y postes de alpinismo es muy acogedor.

Poco después de cenar una lassagna sobre las siete y media de la tarde, ha llegado el momento de meternos en el saco, que el despertador suena a las 3 y media de la madrugada. Son las 21:30 y aquí ya no se mueve ni un alma. Espero poder dormir con facilidad, que siempre es difícil cerca de la cota 3000.

DieQuito

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